Recuperemos septiembre: Carta a la tía Meche

Ranúnculos

Querida Meche:

Durante mi infancia entera, septiembre fue el más feliz de todos los meses. Era el mes de la primavera, al menos allá de donde venimos; en el patio de la casa todo florecía; damascos, duraznos, cerezos y ciruelos, de tal manera que hasta le provocaban ataques románticos a mi padre: se iba al patio, tijeras de podar en mano y cortaba ramas en flor para dárselas a mi mamá; la casa se perfumaba por semanas. En septiembre también florecían los ranúnculos del jardín que la Chichi mantenía siempre muy bien arregladito. En alguna oportunidad, mi mamá me dijo que florecían para celebrar mi cumpleaños y yo se lo creí. No tenía razón para no hacerlo.

En el colegio nos enseñaron que septiembre era el mes de la libertad, como se entendía entonces la libertad, la independencia. Y era, por tanto, el mes de las risas, las cuecas, tonadas y refalosas, de las empanadas y, sobre todo, era el mes del viaje aquel, anhelado e inevitable, cada seis años, a Doñihue, a votar; de donde venía la preciada provisión de chacolí para esas fiestas y del aguardiente que debía suplir todo el licor de palitos, de nuez y de guindas y todas las colas de mono correspondientes al siguiente período presidencial.

El más feliz de todos los septiembres fue, sin duda, el de 1970, cuando yo iba a cumplir la edad que ahora tiene mi hija –que bien podría ser mi nieta. Porque ya han pasado dos generaciones; ya sabes, el tiempo, el implacable…. La felicidad de ese septiembre no cabía en la casa ni en las calles, nunca, nunca lo voy a olvidar, nunca nadie debería. Tuvimos dos septiembres más de celebración doble de la alegría de la libertad como comenzamos a entenderla desde 1970; una libertad que no se oponía a la anterior, sino que la complementaba.

Tampoco olvidaré nunca el septiembre de 1972, cuando mi mamá, con una sonrisa radiante, me contó que estaba embarazada. Nadie esperaba algo así, por lo que tuvo que explicármelo: nuestro país era ahora diferente y valía la pena traer otro hijo al mundo en la sociedad nueva que estábamos construyendo entre todos. Nunca antes hubo tanta ilusión en su hermoso rostro y nunca más volvió a haberla, al menos entre mis recuerdos. Lucero, efectivamente, vino al mundo con su carita color damasco maduro, cinco meses después, en medio de una algarabía indescriptible. Posiblemente fue la guagua más querida y esperada de toda la historia de la humanidad.

Con guagua en la casa, los días y las semanas pasan a gran velocidad. Así, septiembre regresó volando esa vez. Pero el de 1973 no era el mismo septiembre que siempre recibíamos con los brazos abiertos. Venía envuelto en sombras y despedía un olor negro y pesado, como el humo y la muerte que traía en las alforjas.

Cuando mi padre regresó a la casa ese 11 de septiembre, lo abrazamos entre las lágrimas que produce el alivio que sucede a la angustia más atroz. En 18 días yo iba a cumplir 13 años. Mis “dotes intelectuales”, de las que mis padres siempre estuvieron muy orgullosos, aparentemente habían volado en pedazos ese día, junto con los bombardeos: lo que atiné a preguntarle –luego de asegurarnos de que estaba entero y a salvo, al menos por el momento– fue qué iba a pasar con mi cumpleaños. —Te fuiste por ojo este año —me respondió. Y compadeciéndose de la incomprensión absoluta que pudo percibir en mi expresión, me explicó que “irse por ojo” se refería al ojo de los huracanes…. la imagen no podía ser más elocuente. Y entonces agregó, en un torpe intento de consuelo: —No te sientas tan mal, podría ser peor… el cumpleaños de la Mechita es hoy.

La noticia me cayó como una roca en la cabeza. Y en un solo segundo supe que no podía haber desgracia mayor y que mi tía favorita, mi tía hippie que casi era mi prima, no merecía un castigo como ese.

Como nos separamos, igual que tantas familias, nunca te he preguntado qué tan mal la has pasado desde entonces. Supongo que lo has tomado con filosofía, considerando, quizá, que estás saldando alguna clase de Karma… no lo sé. Pero lo que sí sé es que ya está bueno. Que han pasado ya cuarenta y un años, por un lado y trece, por otro; ya está bueno de lutos.

En nuestro país, Meche, en septiembre se siguen conmemorando libertades y alegrías. La primavera sigue floreciendo en septiembre. Los duraznos, damascos, ciruelos, cerezos y los ranúnculos la han seguido anunciando año tras año, eso nunca cambió. Las lluvias de invierno se encargan de limpiar el aire, que es más transparente en septiembre, y la temperatura ya permite brazos y piernas al aire, sí, muy a pesar del cambio climático.

Depende de nosotros, entonces, enfocar nuestra atención o en la muerte, o en la vida. Es algo que podemos elegir en entera libertad. Depende de nosotros que en septiembre vuelva a florecer la alegría en la familia. Pienso que se lo debemos a nuestros hijos y a nuestros nietos y a sus hijos y sus nietos.

Por eso, a partir de hoy, tu cumpleaños se celebra en esta familia, como corresponde; sin importar nada de lo que haya pasado en los últimos cuarenta y un septiembres. A partir de hoy, septiembre vuelve a ser el mes más feliz del calendario. A partir de hoy, volveremos a celebrar la primavera. Y a partir de hoy, como es el uso y costumbre de mi religión, no conmemoramos la muerte, sino la vida, que es lo que se celebra en los cumpleaños y aniversarios.

Make it so.

Que tengas un MUY FELIZ cumpleaños, Meche, con una gran torta, montones de flores, chocolate si es posible, muchos regalos, abrazos, besos, mucho amor y mucha, mucha más vida aún.

Noche de perros (y de macos)

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Anoche, poco antes de las 9, andaba yo muy despistada mirando el twitter y pensando en otra cosa, cuando vi algo que me paró con un rechinar de talones y me hizo retroceder de inmediato. No podía ser: ¡alerta de tsunami para toda la costa de Chile! (que es prácticamente lo mismo que decir, bromas aparte, ‘para todo Chile’). ¡¡¡Horror!!!

El terremoto del Norte Grande lo habíamos estado esperando desde hace más de un mes. Se sabía que venía –aunque no cuándo, ni a qué hora– y a pesar de que sabíamos que iba a ser grande, no se podía predecir su magnitud. Ya no los hacen como antes: sorpresivos e impredecibles por completo, tanto así que los sismólogos me dieron la impresión de haber quedado ligeramente decepcionados… esperaban uno mucho mayor.

Fue un 8.2 Richter que derrumbó casas de adobe, la torre de una hermosa iglesia antigua, le llevó un pedazo al Morro de Arica -monumento natural característico de nuestra ciudad más septentrional- y mató a 6 personas. Azotó el área donde deberían descansar los huesos de todos nuestros antepasados, si no hubieran emigrado al Sur a principios del siglo XX; pero a mí, egoísta a morir, lo único que me preocupaba era la gran ola: ¡mi papá, en Valparaíso, a 150 metros del mar! La preocupación, a medida que los tuits volaban y las noticias radiales se iban desenrollando en Bíobío, se transformó en angustia y llegó justo al borde de la histeria. Aunque sé que él vive en un edificio alto, la falta de comunicación me hacía pasarme toda clase de películas mentales… A través de las redes, le dí sus teléfonos a cuanta prima y sobrina apareció conectada a esa hora para que lo llamaran, llamé a mis hermanas… nada. Por fin, como a la hora, Camila –en un esfuerzo tranquilizador titánico– me escribió que lo había localizado y que estaba bien. A pesar de eso, fueron dos horas de angustia, hasta que logré hablar con él, como a las 11.

Mi padre es un hombre tan flemático que puede llega a resultar desesperante; sangre de maco (sapo) les llaman en la isla a los de su especie. Así, con la paciencia que sólo un padre puede exhibir frente a una hija angustiada, me repitió pausadamente la versión oficial: una ola extraordinariamente grande, inusitada, que no era en modo alguno la que se esperaba, sólo podría llegar hasta el quinto piso y él estaba en el octavo; no había nada que temer.

— ¿Y entonces, tus vecinos que viven en los pisos bajos?
— Ellos ya subieron.
— Oye, pero una ola así de grande, de cinco pisos, debe tener una fuerza descomunal… ¡podría tumbar todo el edificio!
— No, la fundación aguanta perfectamente.
— ¿Estás seguro?
— Sí pues.
— ¿Viste los planos del edificio antes de comprar el apartamento?
— Claro.

La calma y la cordura comenzaban a retornar junto con la imagen de mi padre revisando cuidadosamente los detalles de la construcción –como siempre hacía– antes de comprar el apartamento; sentí que me envolvía en la misma confianza que experimentaba cuando, de niña, me abandonaba en sus manos sanadoras de toda clase de heridas y dolores infantiles.

— ¿Seguro que no tienes que irte, entonces?
— Seguro, no va a pasar nada.

Más tarde, viendo las noticias, comprendí que mi padre no estaba solo en su templanza. Vi un video casero tomado durante el terremoto, en la zona afectada, donde el único comentario que se escuchó en medio de un silencio total fue — ‘chita que está temblando fuerte’. Un comentario, no un grito, no un gemido, ni nada parecido. Como si alguien hubiera dicho ‘ah, mira, hoy está nublado’. El terremoto que sacudió la Isla hace 4 años y destruyó a Haití de modo tal que aún no se recupera, fue de ‘apenas’ 7.2 Richter. La arquitectura, la preparación y la actitud marcaron la diferencia. En el Norte, todos lo esperaban, tenían agua, linternas, frazadas…. sabían exactamente qué hacer y a dónde ir. Además, la sangre de maco verdaderamente es un plus en situaciones como esta.

Alguien como yo, requeriría de innumerables transfusiones. O, llegado el momento, quizá no; quien sabe…

Aromito

Desde que me picó el bicho Botanicum obsesivissima, hace como 4 años, no se me ha vuelto a quitar la fiebre. Ahora hasta estoy escribiendo un libro sobre árboles nativos ilustrado, naturalmente, con algunas de la miles de fotos que he ido acumulando, de las cuales unas 2,300 están en este sitio web. Por esa razón, a mi inefable hermana Lilo no se le ocurrió nada mejor (ni podía habérsele ocurrido tampoco) que llevarme al Río Jima para la celebración del cumpleaños número equis-equis.

Todo empezó con unos aprestos medio misteriosos, como corresponde en estos casos, entre ella y JM. Luego de haber sido informada vagamente de que necesitaríamos trajes de baño porque habría río; de haber logrado hacer funcionar la cámara fotográfica de la Lilo y de encomendar la mía a todos los santos habidos y por haber para que funcionara (encomienda totalmente vana); luego de madrugar ese domingo; de escuchar el “Celebro” telefónico interpretado a capella por mis adorables sobrinos; de preparar los bultos respectivos; de encomendar mi alma al universo infinito para que mi hijo no sufriera demasiado —dado que en un arranque de amor filial decidió acompañarnos, pese a que odia todo lo que sea AGUA—, y luego de la parada reglamentaria para comprar hielo, donde recibí una avalancha de regalos de los adorables sobrinos cantores (incluyendo un vestido verde para lucir en la puesta en circulación de mi libro –para la cual deberé rebajar unas 10 libras que no estaban planeadas), llegó la hora cero y partimos rumbo al verdor inigualable de la región del Cibao.

En el camino, Bibi tuvo la feliz idea de pararnos para ver los “santos de palo” —que, aclaro, no fueron a los que encomendé mi fallida cámara— sino unas esculturas en madera, artesanales y hermosas. Con gran sorpresa y alegría encontré entre ellos nada menos que a mi jefe: Miguel, en cuyo día tuve el privilegio de nacer. En los campos se dice que el Día de San Miguel el diablo anda suelto y supongo que será cierto… ese día, el Arcángel mayor se va de farra, a bailar, a comer y a beber desaforadamente en cuanta fiesta patronal se celebra en su honor en los pueblos de la Tierra y, claro, Lucifer se aprovecha del pánico y se va por su cuenta a hacer de las suyas. A veces pienso que yo fui una de sus diabluras; pero prefiero creer que no, ya que cada vez que puedo, ayudo con gusto a Miguel en lo que necesite.

La siguiente parada fue en Jacaranda, donde recogimos a Cami, mi sobrina mayor, quien había viajado hasta allí desde Montecristi, en la frontera, para estar con su tía en esa ocasión especial. Verla allí con su bulto de viaje me hizo recordar las veces que a su edad yo hice locuras parecidas, por puro amor.

El sitio era como de otro mundo. Un área protegida, cubierta de cacaos sombreados por jabillas y yagrumos. El sendero subía, bajaba y serpenteaba con el tintinear del río como música de fondo. Por supuesto, parándome a sacar fotos a cada minuto, fui la última en llegar. Cuál no sería mi asombro cuando vi que TODOS los niños estaban metidos en el agua, riéndose y disfrutando como sólo los niños pueden reír y disfrutar. Mentalmente me restregué los ojos para asegurarme y sí, entre ellos estaba Shen, en pleno río y con una sonrisa de oreja a oreja. Si alguien me lo preguntara, le diría que contemplar a mi hijo absolutamente feliz con algo que no se enchufa y rodeado de agua y de verde, fue el mejor regalo de cumpleaños que podía recibir.

Es difícil describir el lugar, porque aunque todos los ríos se parecen en cierta forma –tienen algo como de mágico, de secreto y maravilloso– éste tenía una dosis de magia un poquito mayor (y a la magia no se le busca la razón, así que la desconozco). Además, cuando es verdadera, la magia es un poco complicada: no se puede contar ni describir, sólo crear y experimentar. Por eso es que una de las mejores partes del cumpleaños se quedará entre el río, los árboles y yo.

El Jima era particularmente frío, lo cual no hacía sino añadir perfección a lo que ya era perfecto de por sí, por ilógico que suene. Luego de una caminata de una hora, cerca del mediodía, a unos 32 o 33 grados, un río frío es el antídoto perfecto para todos los males, incluyendo la omnipresente biodiversidad entomológica: mosquitos, mayes (que te anestesian primero, así que la picadura no se siente pero dejan ronchas rojas y redondas de recuerdo), jejenes (cuyas picadas duran varios días picando y doliendo) y hasta mimes mutantes y antropófagos, creo yo.

Luego, vino el picnic de honor con varios tipos de pan y varios de queso y un kuchen (la Lilo insiste en llamarlo “quiche”) de hongos y espinacas, preparado por ella misma; la caminata hasta el segundo salto de agua; regreso a la entrada del área protegida y ¡oh sorpresa!: japiberdei y una preciosa torta de manzana decorada con zinnias y clavelinas. Y justo cuando estaba sacándole el jugo a los últimos minutitos de luz, tratando de fotografiar una Algarroba, especie nueva para mí, una llamada de la Uchi desde NY. ¡Surrealista! Después supe que también la Rayén y el papá habían estado llamando, pero mi celular se dedicó a dormir plácidamente en el fondo de la mochila durante todo el viaje y como no ronca, nunca llegué a escucharlo.

Fue un día maravilloso, de principio a fin.

Y aunque sé que muchas mentes y manos amorosas intervinieron para que así fuera, no me cabe la menor duda de que detrás de cada detalle, cada sorpresa y cada campanita que sonaba y polvo de hada que se esparcía sobre mí, estaban las manos y el corazón de mi hermana querida que, por esas cosas de la vida, tiene nombre de árbol: Azara petiolaris, endémico de Chile.

Té de salsa de albóndiga

té

A petición popular, les dejo la receta del famosísimo y milagroso té de salsa de albóndiga, como fuera bautizado por Jade, originalmente “el Té de Chinola de los Arbaje de la-Mata”. La foto de arriba es de adorno nomás, no lleva las florecitas de tilo que aparecen en ella. Enjoy!

Ingredientes:

1 lt. de agua
Un pedazo de jengibre de 1 a 2 pulgadas de largo
1 chinola
1 cebolla del mismo tamaño que la chinola
1 limón
Miel al gusto del enfermo (debe saber dulce, pero no intomablemente dulce)

Se hierve el agua y se le echa el jengibre picado, sin pelar. Se deja hervir a fuego lento, tapado, por 10 minutos. Se agregan la chinola entera partida en 4 u 8 y la cebolla pelada, partida en 4 o rodajada gruesa, ambas dependiendo del tamaño. Se deja que hierva tapado, a fuego lento, hasta que la cebolla esté bien transparente, unos 15 minutos. Se apaga el fuego, se cuela y se le exprime un limón. Si al enfermo le gusta, el limón es mejor sin colar, aunque sin semillas, naturalmente. Se le agrega la miel y se revuelve bien. Se sirve de inmediato.

Se toman unas 3 tazas al día.

Sirve como expectorante full y para destapar las vías respiratorias de niños, adultos y contratenores. Como complemento, prender 3-4 veces al día un quemador de aceite con 6 gotas de aceite de eucalipto, 3 gotas de aceite de peppermint y 3 gotas de aceite de cedro.

¡Salud!

14 de marzo

Sin dudas, esté donde esté, se las estará ingeniando para seguir haciendo lo que la apasionaba, en temas de tecnología seguramente ya habrá inventado la forma de recibir mensajes electrónicos, con algún tipo de blue tube que habrá inventado.

Recordémosla a traves de una de sus piezas favoritas disfrutemos con ella!

Besos y abrazos a todos los que tuvimos el honor de compartir algun pedacito de tiempo con ella.

¡Felicidades Mamá!

Chile lindo recordado por José del Castillo

Empanadas

Esta mañana JM me pasó una página del Diario Libre pidiéndome que leyera un artículo de José del Castillo. Me hizo dos o tres comentarios muy halagüeños, tras los que me pareció ver “una orejita” de cierta nostalgia mal disimulada por nuestra copia feliz del Edén. Después de todo, acaba de pasar un año del histórico viaje que hiciéramos a la Madre Patria…

Así que agarré la hoja del periódico y me dispuse a leer, pero no pude evitarlo…. es una deformación profesional: a las dos líneas, la doblé cuidadosamente, la puse donde JM la había dejado y busqué el artículo en Internet. Ahí fue que lo leí y lo disfruté hasta la última coma.

Dudé entre si mandarlo simplemente por correo o escribir una entrada. Pero el artículo se merece una entrada y más. Ésa es la verdad. Según la Wikipedia,

José Del Castillo Pichardo (Santo Domingo, 1947) es un sociólogo, escritor e historiador de la República Dominicana. Ha escrito más de 14 libros, ha sido columnista en varios diarios, seminarista y miembro observador de diversas elecciones que se han realizado en la República Dominicana.”

La segunda duda vino entre re-publicarlo aquí o poner simplemente un enlace. Me decidí por lo primero, aunque no se debe. Pero es que…. Bueno, ¡léanlo y después me dicen si ustedes no habrían hecho lo mismo! Espero que a José, a quien no tengo el placer de conocer personalmente, no le moleste demasiado esta frescura de mi parte en el muy improbable caso en que viniera a dar por aquí alguna vez.

Remembranzas gastronómicas

Por José Del Castillo

País de poetas golosos. Sólo hay que ver el desbordamiento lírico en odas dionisíacas del vate Neruda -encebollado, fascinado por el ajo, el tomate y el pan, delirante ante el caldillo de congrio, chupando tinto con delectación etílica y por qué no, poética, en interminables jornadas entre amigos. El quehacer de su contrario eterno, el inmenso rudo Pablo, el de Rokha pétreo y macilento, en su recorrido memorial por las comidas y bebidas de la loca geografía de ese largo filete de congrio acordonado entre el macizo cordillerano de Los Andes y la inmensidad oceánica del Pacífico. Fuente nutricia maravillosa de pescados y mariscos. Propiciador de caletas discretas donde descansan los locos, asientan las machas y el erizo, aposenta su regazo plácido el amor. Del faenar de los labriegos del mar que llegan a puerto con su cosecha temeraria. Los que al igual que los marineros, “una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar”.

Ese Chile conocí, desde un domingo nublado, al despuntar el mes de marzo del 1966, cuando el reloj de las estaciones todavía marca el verano en el Cono Sur, donde el cielo, por si alguien no lo sabe -como dice el tango “Vuelvo al Sur” de Pino Solanas y Astor Piazzolla, en voz del “Polaco” Goyeneche- está al revés. Un Santiago gris me recibió en el aeródromo de Cerrillos, al pie de la escalerilla mi compañero barrial Fillo Nadal, el venezolano Pedro Coa y la hermosa Lucky, una rubia fabulosa asimilada de la FACH, quien viabilizó pase VIP a un simple estudiante universitario expulsado por la vorágine de su media ínsula intervenida. En raudo movimiento, enrumbamos desde la periferia hacia el centro de la urbe, acunada en un valle con perenne telón de fondo cordillerano. En Plaza Bulnes, frente a La Moneda, me esperaba el corazón hospitalario del chileno y de sus mujeres, por supuesto.

No sólo se expresó ese día en el descorche de generoso tinto en botellas, garrafas y garrafones -que competía con los litros de ron Brugal Añejo y el etiqueta roja de Johnny Walker que había llevado-, sino también en suculentas empanadas horneadas preñadas de pino -carne en cuadritos guisada, abundante cebolla, ajo, aceitunas negras, ajíes, pasas, comino, orégano, pimienta, huevo duro- servidas como pasa palos. Un jugoso estofado de gallina con vegetales y especias al vino blanco hecho por la Lucky, acompañado de arroz graneado preparado por Pedro Coa, y ensalada de tomates, cebollas y porotitos verdes bien aliñada, aporte de la Lilly, coronó el convite. Y claro, todo salpicado con mucho cariño querendón: “Y verás cómo quieren en Chile/ al amigo cuando es forastero”. Reza justiciera la tonada “Si vas para Chile”, que conocí en las voces acopladas de los Huasos Quincheros.

Mi bautismo dominical presagió las gratificaciones inmerecidas que seguirían durante cinco años. Yo era sólo un joven agentado, ávido de mundos en esa tierra de poetas, políticos civilizados y hembras acogedoras. Mineral, frutal, vitivinícola, marinera. Poblada por etnias originarias, criollos e inmigrantes europeos de múltiples culturas. “¿Y por qué escogió Chile?” -me preguntaban intrigados. “Si estamos en la cola del planeta, con la cordillera de un lado y el Pacífico del otro. ¿Por qué no prefirió Estados Unidos o mejor Europa?” Y yo sonreía, dejando la respuesta en puntos suspensivos. Que se traducían en invitaciones a comer en el hogar de los Urrutia, Villegas, Donoso, Coloane, Lavín, Mendoza, Muñoz, Schermann, Bloom, que me adentraron en la culinaria familiar chilena. Destacando la Lilly, una nodriza que armaba asados, ponches de frutilla y duraznos, incursiones tempraneras para comer almejas frescas en el Mercado del Mapocho. Que hacía pucheros, ricas guatitas a la jardinera, sopaipillas -torticas fritas de harina y ahuyama- en días invernales de lluvia, pasteles de choclo. Y nos tejía, amorosa, regios pullovers de lana.

Una ubicación residencial céntrica, la ausencia de ataduras familiares y el siempre favorable tipo de cambio, permitieron que aventurara a mis anchas por las “picadas” más sabrosas de la gastronomía santiaguina. Frente a mi edificio en Plaza Bulnes, un boliche con pollo rostizado y papas francesas. En Alameda ofertas de todo tipo. Desde el célebre Il Bosco, rincón de la bohemia, abierto las 24 horas, con su gama de sándwiches como el Barros Luco, platos combinados de mar y tierra. Pasando por el exclusivo Club Unión, restaurantes varios que sacaban en pizarras sobre la calzada los platos del día: sopa de menestras, corvina horneada, churrasco a la parrilla, riñones al jerez, ensalada de porotos verdes, postre y café. A pasos de la Biblioteca Nacional, la Pizzería Da Dino esperaba con la mejor opción de pizza de pastoso queso, tomate, aceituna negra, pimienta y albahaca. Al lado del Cinerama, frente al Cerro Santa Lucía, una exquisita pastelería alemana con la tarta mil hojas rellena de manjar.

Antes de llegar a Vicuña MacKenna, la Fuente de Soda Alemana. Un palacio popular con sándwiches de lomito de cerdo completos (con todas las salsas e ingredientes adicionales), salchichas de todos los calibres para degustar con cerveza de barrica. En el comedor más formal en la segunda planta, se podía compartir unos lomos de cerdo asados, con ensalada rusa, chucrut y pan integral, mayonesa y mostaza caseros, como lo hacía un grupo de estudiantes caribeños que sesionaba los viernes en casa de Cholo Brenes. A pocas cuadras de allí, en Merced, al lado del Teatro de la Comedia en las inmediaciones del Parque Forestal, abría sus puertas risueñas el Bierstube, una barra alemana más exclusiva y festiva, a la que solía acudir con la Ivette a tomar shots cerveceros y comer frikadellen (albondigón esponjoso con mucho perejil y mejorana frescos, cebolla y pimienta) con ensaladilla rusa y pan centeno.

Entrando por Ahumada -hoy convertida en paseo peatonal- el Café Naturista presentaba dos mesones enfrentados en los laterales, en los cuales se podía beber sanamente: zumos de naranja, zanahoria, manzana, uva, durazno, damasco, fresa, cereza, ciruela, mora, frambuesa, sandía, guineo. Apurar canapés de quesillo, huevo, paté. Pasar al salón de té y aprovechar estas frutas en macedonia con bolas de helados. Frente, el Café Haití, con unos expresos y frappés fabulosos, servidos por las más bellas piernas chilenas en coquetas mini con delantal. Al doblar, Domino’s despachaba unas vienesas completas tan deliciosas como para chuparse los dedos. El Rápido, en Bandera, con sus empanadas fritas de queso y pino, garzas de cerveza y vasos de blanco y tinto. Con un pebre para mojar la pasta.

Más al fondo, la rotisería El Chez Henry, en el Portal Fernández Concha frente a Plaza de Armas, tenía unas empanadas doradas de primera, platos de mariscos y carnes, así como otras exquisiteces. En una fiambrería en el mismo Portal se conseguía un queso mantecoso divino, pan chocoso de cáscara crocante, jamón planchado, mortadela, chorizos y otras fiambres. Uno de mis destinos favoritos para tomar la once -con varios locales en el centro- era el Café Paula. Sándwiches fríos de jamón y queso, huevos revueltos esponjosos, paté, ensaladilla de pollo. Batidas y helados de frutilla y chirimoya. Macedonias excelentes. Buen chocolate caliente. Mi preferido, en el entorno del Teatro Municipal.

Para cosas más serias, en McIver se hallaba el Club Peruano -uno de dos que operaban entonces en Santiago- donde acudía semanalmente a disfrutar de una de las culinarias más interesantes que conocí hace casi medio siglo y que hoy ha conquistado el paladar de los chilenos. Ceviche de corvina, seco de pollo, papas y huevos a la huancaína, caucau (de mondongo), chupe de mariscos, anticucho (trozos de corazón de res marinados bien picantes, ensartados en pinchos de fierro con lonjas de cebolla y ajíes, hechos al carbón). Cerca, en Huérfanos, El Pollo al Cognac, un lugar sin pretensiones cocinaba a fuego lento una suculenta ave, presentada con el caldo borracho aparte, y pan amasao recién salido del horno. En El Candil, Merced próximo al Cerro Santa Lucía, su chef italiano horneaba unos cabritos tiernos de película. Que con un buen tinto macho, asimilábamos Fillo Nadal, Arístides Victoria, Jesús Herasme, Freddy Santana y yo, acompañado de ensalada de tomate, cebolla y papas fritas.

Otras picadas saciaban nuestra curiosidad. El Tronco, en las inmediaciones de La Moneda, nos acostumbró al filete tártaro con cebolla picada en cuadritos, limón, aceite de oliva y pimienta negra. El popular Chancho con Chaleco, nos introdujo a las delicias del pernil bien adobado, picante hasta donde ya se sabe, neutralizado con papas salcochadas. El Club Árabe de Bellavista, tras cruzar el río Mapocho y pasar la Escuela de Derecho de la U. de Chile, en pleno territorio nerudiano por la cercanía de La Chascona, nos recibía los viernes sociales en tenida de quipes, humus, tajine, hojas de parra y repollos rellenos, tipile, y sheek kebab. Y una amplia gama de pasteles dulces.

En romerías universitarias, el Club Democrático de Irarrázaval nos fecundaba con proletarios porotos guisados con tallarines, pan y vino litreao de la casa. Las Lanzas, en el reino revoltoso del Instituto Pedagógico en Macul, brindaba los platos que profesores y estudiantes podían engullir, complementando así a la Cafetería Universitaria. El Chalet Suizo era la picada perfecta para beber garzas cerveceras, saborear nutritivas empanadas fritas y enamorar algún proyecto de ternura en el ocaso de la jornada en Macul. Cuando se amaba con los Beatles y Michelle, Leo Favio y “Fuiste mía un verano”, Serrat y su “Penélope”. Y Víctor Jara nos decía, muy quedo: “Te recuerdo Amanda/la calle mojada/corriendo a la fábrica/donde trabajaba Manuel./La sonrisa ancha/la lluvia en el pelo/no importaba nada/ibas a encontrarte con él”.

Entonces soñábamos con un mundo mejor, entre los pliegues del amor juvenil, con repique de bombos, guitarreo, lagrimear de charango y quena. A veces en la Peña de los Parra. En el Cajón del Maipo. En Lo Barnechea. O en Reñaca, frente al mar.

¡Estuvimos las 3!!!

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Lucero vino de visita, como todos saben, como por 48 horas o algo así. Naturalmente, las horas volaron y a los minutos no les dio tiempo de volar siquiera, se evaporaron…. Aún así, la pasamos bien y pudimos compartir los segundos que quedaron. Esperando que el encuentro se repita pronto, esta vez con el papá, ojalá que aquí, si no se puede, pues allá.

Las fotos fueron pocas y están fuertemente cargadas (a petición) para el lado de los brooklyners, pero así es la vida. Las pueden ver en este enlace. Espero que la Lilo y la Uchi hagan lo propio para ver si reconstruimos en imágenes este brevísimo pero hermoso tiempo juntas.