Paseo por Prat junto a Salvador Reyes

Este artículo sobre la Calle Prat comenzó a escribirse solo, hace unos doce años, luego de haberme tropezado una noche con Salvador Reyes (1899-1970) hablando de mi bisabuelo y su cigarrería. Este escritor antofagastino nació en Copiapó, como mi abuelo, y recibió —bastante desaprensivamente, según lo califica Jorge Teiller1— el Premio Nacional de Literatura en 1967. En posteriores encuentros, casi sin darme cuenta, Salvador se fue convirtiendo primero en mi Lazarillo y, después, en mi paciente guía por la ciudad de Antofagasta y su historia.

La historia comienza con las líneas claves de su maravilloso relato, donde describe la ciudad de Antofagasta de principios del Siglo XX, diciendo:

La calle Prat fascinaba por su comercio y su movimiento. Había cerca de la Plaza Colón, la dulcería Capilla, con una gran vitrina cargada de tentaciones; Después, la joyería Palavresich; después el club de La Unión, a cuya puerta se mostraban las figuras imponentes de don Julio Pinkas y otros caballeros. En la esquina, el almacén español lucía de mil reflejos. En la acera de enfrente se encontraba la cigarrera de don José Quinteiro, cuya puerta era sitio de reunión de caballeros más jóvenes que los del club y más arriba la librería del señor Rossi y también cerca de Matta se encontraba la librería de don Justo Quiroga, donde tantas maravillas encontré más tarde2

prathaciaarriba2El Don José Quinteiro de la cigarrera, cuyo nombre completo era José Judaldo Quinteiro Galán, es mi bisabuelo3.

La foto de la izquierda, tomada prestada del mismo artículo fue la única que logré encontrar al principio. Muestra la Calle Prat esquina San Martín, hacia “arriba”.

Sin embargo, a partir del momento en que emprendí la búsqueda, ya en serio, comenzaron a “aparecer” muchas otras imágenes, como si una mano invisible me las estuviera enviando. La mayor parte eran postales antiguas. La gran ventaja de esta “baja tecnología” es que las fotografías son, generalmente, muy buenas: en los 1800 sólo los fotógrafos eran fotógrafos; se trataba de profesionales, muchos eran verdaderos virtuosos de la luz. De igual manera, comencé a encontrar una cantidad impresionante de datos, libros incluso, sobre cada cosa que buscaba, hasta de algunas que aún no ni sabía que iba a necesitar.

No sé cómo sucedió, pero cuando vine a darme cuenta, estaba sumergida en la Antofagasta de mis bisabuelos, recorriendo calles de tiempo y de arena, subiendo a los cerros para tener una mejor vista, preguntando a los vecinos y tomando otro sol en un banco de la Plaza. A causa de este encuentro, me vi embarcada en una especie de búsqueda del Santo Grial, en pos de cualquier vestigio que me acercara un poquito más a la vida de aquellos años, de aquella gente.

Me perdí unas cuantas veces, claro. En los años y en las calles. Nunca antes había estado en Antofagasta, conozco muy poco del Norte. Pero no fue por mucho tiempo. No con los guías que tuve la fortuna de hallar.

En la expedición, me he encontrado con personas que nunca pensé conocer. Una de ellas es Antonio Ljubetic4, antofagastino apasionado, verdadera enciclopedia viviente sobre la ciudad, me ha ayudado a localizar fotos de la época y ha tenido la gran gentileza de compartir conmigo algunas de su colección personal y de guiarme por su Antofagasta de hoy y por la de entonces.

Dicen que el escrito de Salvador Reyes se ubica en los primeros años del siglo XX… Eso, definitivamente, significaba —pensaba yo al principio— el año 1914. Porque de 1914 data uno de mis primeros hallazgos maravillosos: un increíblemente detallado Plano Comercial de Antofagasta5 donde se ven, uno por uno, todos los negocios de la ciudad, para esa época.

El plano es enorme, lo que ves a continuación, es sólo una pequeña sección, la que rodea a la calle Prat.

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Plano 1. Este es un acercamiento de orientación, donde se ven las principales calles comerciales. El número 1 marca la Plaza Colón; el número 2, la Calle Arturo Prat. Los números 3 al 6 señalan respectivamente las calles San Martín, Latorre, Condell y Matta (llamada Angamos, en aquella época). El número 7 indica la “esquina redonda”, la única de la ciudad, ubicada en Prat con Matta.

La  calle Prat, llamada anteriormente Lamar, corre de noreste a suroeste, flanqueada por Sucre y Baquedano. Las calles San Martín y sus calles paralelas “hacia arriba”, van de noroeste a sureste.

De San Martín a Matta debía transcurrir este mágico paseo, en compañía de Salvador Reyes….

Sin embargo, todo paseo debe comenzar por la Plaza de Armas

Desde niña, cada vez que visitábamos con mi familia una nueva ciudad o pueblo, el principio obligado del paseo era la Plaza de Armas.

Mi padre, posiblemente por su formación de arquitectónica-urbanista, experimenta una admiración casi reverencial por esos puntos neurálgicos de los asentamientos humanos, sólo superada por su veneración por los mercados. Recuerdo que paseábamos, oyendo sus constantes descripciones y pensamientos acerca de la ubicación de los edificios, los senderos y lo adecuado o no del plano del sitio, para los fines —siempre sagrados— de la reunión de la comunidad circundante. Luego, invariablemente, nos sentábamos en un banco, lo más cerca posible del centro de la Plaza y entonces él, pensativo, se dedicaba a observar una a una las especies que la habitaban. Conocía los nombres de todos los árboles, las plantas y los pajaritos y gustosamente me los repetía una y otra vez.

Esta es la razón de porqué, a pesar de haber quedado de juntarnos con Salvador en Prat con San Martín, yo DEBO comenzar por la Plaza de Armas. Sencillamente ¡porque así es como tiene que ser!

A escasas dos cuadras del mar, está la Plaza de Armas de Antofagasta, mejor conocida como Plaza Colón. Es el corazón de la ciudad y testigo de primera mano de casi un siglo y medio de historia.

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Foto 1. Esta porción de una postal colorizada, gentileza de Antonio Ljubetic, muestra el pequeño respiro verde que era la Plaza en 1925, entre tanta y tanta sequedad, desde la Cordillera —de la Costa— al mar.

La postal completa la pueden ver —a gran escala— aquí. Además, puedes tomar un tour a través del tiempo que se ha paseado por la Plaza, desde este enlace, del Site del amigo Aliwenco6.

Como un pequeño homenaje a mi padre, transcribo el siguiente extracto de una extensa descripción de la Plaza Colón, escrita por don Isaac Arce Ramírez7 en 1930.

Desde los primitivos tiempos de Antofagasta, allá por el año 1860, fue designado como Plaza el mismo sitio donde es ahora nuestro principal paseo. Este sitio era un verdadero arenal, donde, al andar, el transeúnte enterraba el pie hasta cerca del tobillo. Las numerosísimas carretas que iban a Caracoles, casi en su mayor parte hacian el tráfico por la calle Lamar, (hoy Prat) y tenían que pasar, precisamente, por el costado de la Plaza que da a dicha calle. Las carretas salían por la calle Prat, torcían por Latorre, llamada antiguamente Caracoles, hasta salir a la pampa.

En 1874 la Empresa Salitrera se ofreció graciosamente para contribuir al arreglo de la Plaza, para cuyo efecto hacía transportar diariamente a ese sitio cinco o más carros de ripio. Los presos de la Cárcel emparejaban y apisonaban el terreno, a la vez que destruían las rocas de las inmediaciones, hasta que ese sitio cambió notablemente de aspecto. Después, la Municipalidad hizo construir aceras en sus cuatro costados y formó varios jardines en el centro, divididos en cuadros, los que puso bajo el patrocinio de las familias más distinguidas. Como es de suponer, cada familia procuraba rivalizar cuanto podía en el cuidado de su jardín y, de esa manera, algún tiempo después, los patrocinantes tuvieron la grata satisfacción de ver sus cuadros adornados con hermosas flores. Éstas fueron las primeras que se cultivaron en Antofagasta.

Años más tarde, los jardines sufrieron una completa transformación. En el centro de ellos se colocó una pequeña pila, y todo se encerró en una elegante verja circular que le daba un buen aspecto. Alrededor se arregló un extenso y cómodo paseo, circundado por dos hileras de escaños. A los progresos ya enumerados, podemos agregar los valiosos obsequios hechos a la ciudad para conmemorar el Centenario de nuestra Independencia nacional por las colonias inglesa, española y yugoslava, consistentes en el hermoso reloj que se ostenta en el centro de la plaza; en el significativo monumento de España y América; el elegante y cómodo kiosco para la banda de músicos, respectivamente. Queremos dejar constancia que los primeros cipreses y las primeras palmeras que se plantaron en la plaza fueron obsequiados por el caballero mejicano, Doctor Juan Martínez Rosas, que residió durante muchos años en este puerto.

La primera cuadra de la Calle Prat

Ahora (por haberme salido de la historia principal, entreteniéndome en la Plaza de Armas, debo apretar el paso y alcanzar a Salvador, que me espera hace 20 minutos en la esquina de Prat y San Martín, para comenzar nuestro paseo.

Había cerca de la Plaza Colón, la dulcería Capilla, con una gran vitrina cargada de tentaciones; después, la joyería Palavresich; después el Club de La Unión, a cuya puerta se mostraban las figuras imponentes de don Julio Pinkas y otros caballeros.

Desde la esquina de San Martín con Arturo Prat, comenzamos a caminar hacia el Sureste. Para la época del plano, en esa esquina había un banco y, al frente, una tienda de “stationary”, con el Club de La Unión en la 2da Planta.

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Foto 2. Esta hermosa postal de 1912, también cortesía de Antonio Ljubetic, muestra la vista desde la esquina. Se aprecian claramente los toldos que, esforzados, despliegan sus mejores y más alegres rayas por proteger a los transeúntes del inclemente sol del Norte Grande.

El Club de la Unión, fundado en 1904, estuvo al principio frente a la Plaza Colón, al lado de la Vicaría Apostólica. Dos años después, uno de los numerosos incendios ocurridos en la ciudad destruyó la manzana completa. En 1906, se instaló en el segundo piso del inmueble de Prat esquina San Martín, que es donde está en la foto.

Gracias al Plano de 1914, podemos recorrer uno a uno los comercios y otras edificaciones de esta transitada calle, la misma de Salvador, la misma que vieran nuestros abuelos. Para ello, es importante comprender las referencias que simbolizan cada uno de estos establecimientos.

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Estas son algunas referencias seleccionadas que muestra el plano original y que corresponden a los comercios mencionados por Salvador Reyes.

Muchos de los puntos comerciales del plano coinciden con el relato de Salvador, así como con las fotos que he podido recopilar. Otros, a causa de los cambios ocurridos con el pasar de los años, aparecen, naturalmente, de modo diferente. Fruto de los descubrimientos que fui haciendo después de haber encontrado el plano, pude determinar, al fin, que nos encontramos ahora en la Antofagasta posterior a 1924. La narración de Salvador que inicia esta historia, y por tanto nuestro encuentro, ocurre una década después de la publicación del plano de 1914.

Para esta época, el bisabuelo José Judaldo ha celebrado ya sus bodas de oro con la vida y el Abuelo, las de plata.

Hemos tomado la acera Suroeste. Son casi las cinco de la tarde, y la sombra de los edificios contribuye bastante con el trabajo de los toldos. Es un verdadero alivio, ya que como de costumbre, pasé por alto la tradicional disertación de mi padre, conocida como El Porqué de la Importancia Vital de Ponerse un Sombrero Antes de Salir… Luego de 45 minutos en la plaza, la cara me arde.

Es extraño este clima para mí. Esta mañana amaneció nublado, pero ahora el cielo es de un azul esplendoroso. El ambiente es un poco seco, menos de lo que yo esperaba en pleno desierto, pero comparado con Santa Clara, cualquier lugar del mundo es seco. No hace nada de calor, a pesar de que estamos comenzando el verano. Sin embargo, este sol quema. Quema más de lo que calienta. Salvador, hombre precavido, lleva el infaltable y blanco sombrero de Panamá, colocado al descuido, con tanto estilo como utilidad.

Esta sección del Plano muestra la primera cuadra de Prat, después de la Plaza. Es decir, como era hace diez años, en 1914…

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Plano 2. La primera cuadra de la Calle Prat, desde San Martín hasta Latorre.

En el plano, se ve en la esquina una librería [N° 24], lo que corresponde con la foto anterior, aunque Salvador no la menciona, seguida por una pastelería que, definitivamente, debe ser la “Dulcería Capilla, con una gran vitrina cargada de tentaciones”. Según este plano, algo parecido a un Club se encuentra en la segunda planta de la pastelería [N° 26].

Luego, tres negocios más arriba [N° 32], está “la Joyería Palavresich”, la única de esa cuadra. En la foto a continuación, uno de los tesoros personales de Antonio Lubjetic, salido a la luz por primera vez para este proyecto, podemos recorrer estos negocios, ya “en vivo”.

joyeriaFoto 3. Calle Prat, entre Latorre y Condell.

A la derecha, se ve claramente el letrero “Relojes OMEGA”. Esa es la joyería, cuya vitrina inspecciona con gran interés una señora muy elegante. El edificio siguiente, de acuerdo al mapa corresponde a un hotel que ocupa dos propiedades [N° 34 y 36].

En la acera de enfrente, se aprecia, tanto en el mapa como en la foto, un teatro [N° 11]. Antes, diversos negocios de sombreros, casimires y artículos para caballeros, a los que se dirige el grupo de jóvenes de gran porte y hermosos sombreros.

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Foto 4. Calle Prat, entre Condell y Latorre, de una postal enviada por la mano invisible.8 Esta es la otra cara de la cuadra: ahora el fotógrafo mira hacia el mar. Se aprecia el Hotel, la Joyería (donde cuelga el letrero “Relojes OMEGA”) y luego la Dulcería Capilla, aparentemente en una apacible tarde de Domingo…. Más hacia el mar, ya frente a la Plaza Colón, se divisa la Intendencia rodeada de andamios ¿luego del incendio?

Lo que era para mí el enigma de la localización del Club de la Unión, comenzó a develarse con los datos suministrados gentilmente por el amigo Antonio y luego, todo encajó en su sitio, gracias a otra de las narraciones de don Isaac Arce Ramírez7:

En 1906 se instaló nuevamente en los altos del edificio de Capella Hermanos, esquina de la Plaza Colón, donde estuvo la casa Loutit, y que en 1924 tuvo que dejarlo para trasladarse a la misma cuadra, edificio del señor Th. Lassen, por haber comprado esta propiedad el Banco Anglo Sud Americano, donde construyó el soberbio edificio en que ahora tiene sus oficinas. El Club de la Unión está montado con comodidad, y las reuniones sociales que ofrecen ahí sus socios, realzan por su distinción.

¡Éste es el Club de la Unión de Salvador Reyes, “a cuya puerta se mostraban las figuras imponentes de don Julio Pinkas y otros caballeros”, localizado después de la Joyería! Probablemente estaba donde el Plano ubica el hotel de 2 propiedades, y donde en la Foto 4 (Prat entre Condell y Latorre) se ve un letrero que dice “D’Angleterre”. Esta narración de Don Isaac fue, claro, la pista más certera para localizar en el tiempo los recuerdos de mi amigo escritor.

Caminamos pausadamente. Salvador no le hace el menor caso al negocio de la esquina y se va directo a la vitrina de la dulcería. —Ésos son mis preferidos— me dice con la sonrisa de un niño en la mañana de Pascua, mientras señala algo parecido a unos buñuelitos que nadan en una especie de almíbar rojo, dentro de una preciosa fuente de cristal tallado. —Son huevos chimbos —me explica— las monjitas los preparan al jerez, pero a mí me gustan con pisquito —añade, mientras me guiña un ojo.

Monjitas, monjitas…. ¡Claro! ¡Por eso se llama “Capilla” la dulcería! Salvador se quedó corto con aquellos de “tentaciones”… supongo que también era una especie de juego de palabras, dado los placeres tan poco celestiales que promovían aquellas santas y delicadas manos, más pecaminosos aún por haberse dirigido, originalmente, a deleitar cardenales.

Hay una especie de alfajores con un manjar clarito, casi beige, que apenas asoma, bajo una espesa capa de almendras cortadas tan finas como alas de mariposa. Están los famosos suspiros de monja, unos empolvados chiquitos, toda la variedad imaginable de flores y animalitos de mazapán, exquisitamente moldeados… Lo miro con desesperación. —No se preocupe —me tranquiliza, con una sonrisa— a la vuelta, pasamos y nos llevamos unos cuantos para las onces.

El trato me parece razonablemente justo, así que reanudo la marcha. Pasamos —demasiado rápido— frente a la joyería. Secretamente, decido dedicar el día de mañana completo exclusivamente a mirar vitrinas de la época, con la calma necesaria que ningún hombre, nacido en ningún siglo, es capaz de soportar, mucho menos de comprender. Entonces, Salvador me señala el segundo piso del edificio que sigue.

pinkasMiro hacia arriba, y ahí está el Club. En la acera de enfrente se estacionan tres lujosos Ford y un Buick negro, último modelo. En la puerta, un caballero muy distinguido parece esperar a alguien, mientras fuma un habano.

—Ése es Pinkas —me susurra Salvador. —Es uno de los fundadores de la Compañía de Luz Eléctrica del pueblo… ¡tiene toda la plata del mundo!

Detrás de sus anteojos, el caballero nos mira pasar y nos saluda con una breve inclinación de cabeza y una sonrisa de labios apretados.

A la izquierda, un retrato suyo junto al teodolito, otro de los oportunos envíos de la mano invisible, esta vez, a través de los Episodios de la Vida Regional, de Don Juan Floreal Recabarren9.

Continuamos el paseo. Percibo que mis pies están adquiriendo una especie de vida propia. Comienzo a sentir la necesidad leve al principio, imperiosa después, de correr, cruzar Prat y Latorre de un solo brinco, entrar como una tromba en el negocio ¡y ver al bisabuelo por fin!

A duras penas mantengo cierta compostura aunque, inevitablemente, acelero la marcha.

Llegamos a la esquina y cruzamos la calle Latorre. Estamos a menos de 50 metros de la cigarrería.

La segunda cuadra de la Calle Prat

En la esquina, el almacén español lucía de mil reflejos. En la acera de enfrente se encontraba la cigarrera de don José Quinteiro, cuya puerta era sitio de reunión de caballeros más jóvenes que los del club y más arriba la librería del señor Rossi…

El Plano de 1914 indica en la esquina una sastrería (cuyo letrero puede leerse a la derecha en el acercamiento de la foto anterior de Prat entre San Martín y Latorre); luego un emporio de café y luego, efectivamente un almacén…. ¿el de los mil reflejos?

En la acera de enfrente, en el número 25, encerrada en un círculo azul, aparece la cigarrería de José Judaldo.

reyes2bPlano 3. La segunda cuadra de la Calle Prat, desde Latorre hasta Condell.

El corazón se acelera. Las piernas se ponen muy pesadas. La garganta se seca. Estamos a un metro de la puerta. Salvador me da dos palmaditas en el hombro, comprendiendo, y luego me empuja con suavidad.

Cierro los ojos, respiro hondo y giro el pomo de bronce de la puerta. No hace ruido al abrirse, muy, muy lentamente.

cigarshopAdentro está fresco y oscuro. Se respira un delicioso aroma a vainilla, mezclada con tabaco del bueno, húmedo, y con madera recién encerada. Se escucha un profundo silencio. Entro de puntillas, no quiero hacer el menor ruido.

No hay nadie adentro. No hay clientes (muy extraño a esta hora) no hay dependientes, nadie.

Observo las relucientes vitrinas, llenas de ordenadas cajas y hermosos objetos, imprescindibles para los complicados rituales de encendido de la pipa y corte de los habanos. Sobre el mostrador descansa una caja registradora, exquisitamente labrada.

En otra vitrina, lateral, se exhibe una colección de boquillas de todas clases, de cuerno, de marfil, de carey y de nácar —más finas— para las señoras… Más allá, lo que parecen artículos de la más fina orfebrería, en forma de cigarreras de los más diversos estilos y procedencias, desde las clásicas de plata Sterling inglesas (mis favoritas), hasta las labradas y esmaltadas de origen oriental, pasando por las de elaborados diseños victorianos.

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— Esto es el Paraíso, le comento a Salvador, en un susurro. Es evidente que en estos días, fumar es una costumbre respetable y hasta distinguida, incluso para las damas. Con cierta nostalgia, me doy cuenta que nací en la época equivocada.

aficheAcaricio con la mirada cada rincón. Nuestros pies descansan sobre una alfombra ya gastada, las paredes se cubren de estanterías con puertas de cristal. Los pocos espacios que quedan entre ellas, lucen algunos afiches. Al fondo, una puerta entornada conduce a otra habitación. Una bellísima lámpara de cristales opacos desciende desde una roseta labrada en bronce entre las vigas del techo.

De improviso, pasos. Entonces, un golpe seco, breve y chirreante. Una voz inconfundible surge de la otra estancia y avanza dulcemente, mezclándose con el perfume de la tienda, ocupando cada centímetro del espacio que me rodea…

O soave fanciulla, o dolce viso
di mite circonfuso alba lunar…

El Gran Carusso. Pierdo la noción del tiempo y el espacio… ¿Es domingo a mediodía, en casa de mi abuelo, en la calle Dinamarca? ¿O estoy en una larga y fría noche de trabajo, en Quito, escribiendo un guión de televisión para mi padre? ¿He regresado, acaso, al llamado presente, “complaciendo peticiones de la gentil damita”, mi hija de dos años, heredera devota de al menos 4 generaciones de pasión lírica, muy particularmente de “Callusshio”?

Unos pasos leves y pausados se acercan. En una fracción de segundo, regresa el nudo a mi garganta, la tienda desaparece, desaparecen las vitrinas, la alfombra, las paredes… estoy completa y absolutamente inmóvil, Salvador también se ha desvanecido. Sólo existe la música, el perfume y este hombre pequeño y liviano que se aproxima con suavidad.

Fremon già nell’anima
le dolcezze estreme,
nel bacio freme amor!

Lo miro, por fin, a los ojos. Son los mismos ojitos chispeantes de mi padre, los mismos de mi abuelo, en un rostro austero y concentrado. No dice nada. Me observa, aguardando.

¿Don José Quinteiro? —pregunto, innecesariamente. Las palabras salen ásperas y atragantadas, con otra voz, que no es la mía.

A sus órdenes, mi Señora.

Balbuceo algunas frases incongruentes explicando —de nuevo sin necesidad alguna— mi presencia allí. Trato inútilmente de parecer casual y desenvuelta. La escena, vista desde fuera, debe lucir patética. Y el darme cuenta de ello no constituye precisamente una ayuda para salir del trance.

Gracias al cielo, Salvador viene en mi auxilio. Se conocen de toda la vida. Me presenta, animadamente, como una prima del Sur, coleccionista de cajitas de plata, por lo cual me ha llevado a su tienda y otras extravagancias que en su voz suenan, sin embargo, perfectamente apropiadas. Mientras mi amigo hace gala de sus dotes narrativas, consigo, poco a poco, despegar la mirada incrustada entre lo más profundo de las fibras de la alfombra, bajo ese terrible peso de la sensación “trágame tierra” que ningún ser humano ha dejado de experimentar alguna vez.

Sus ojos esperan pacientes a los míos. En su rostro asoma una cálida sonrisa.

La Señora me ha parecido familiar, figúrese usted que me temo haberla confundido con alguien, le comenta a Salvador.

La conversación se desvía a los temas clásicos masculinos, inmutables a través de los siglos. Observo a mi bisabuelo. No parece un bisabuelo, me lleva escasos años. Lentamente, sutilmente, comienza a suceder lo inevitable. Entretejiéndose entre las voces y las risas de ambos, serpentea una comunicación paralela, sólo entre nosotros dos, una conversación muda, de aquella clase en donde las palabras estorban, incluso ofenden por su calidad sólida, por la estrechez de su alcance, por su estridencia sonora. Por la misma razón, resulta imposible de transcribir. Permanece, sin embargo, la sensación inconfundible e imperecedera de reconocimiento, de profundo afecto, de comprensión y agradecimiento mutuos por el pasado, por el futuro…

Trancurren unos minutos, quizá una hora, o un siglo ¿cómo podría saberlo? Entonces, como convocados por algún llamado superior, empiezan a llegar los clientes y aparece el ayudante detrás de la puerta. Ha llegado el momento de la despedida.

José Judaldo avanza hacia el mostrador de la derecha y, sonriendo misteriosamente, me hace una seña muy familiar. Encantada, me aproximo para recibir un regalito secreto. Es exactamente el mismo gesto con el que mi abuelo acostumbraría a llamarme, con los mismos fines, medio siglo más tarde. Me acerco a la vitrina, con la cosquillita de la intriga.

Dígame usted lo que desearía llevarse de recuerdo.

¿Cómo respondo a semejante pregunta? Nada de lo que quisiera llevar conmigo se puede transportar, ni tocar, ni ver siquiera. El perfume, la música, su presencia en la habitación…

No sabría decirle, Don José…
Venga, deme sus manos.

Déjà vu al futuro, nuevamente. Pero en esta ocasión no se trata de leer las líneas en mi palma. Esta vez, naturalmente, no tengo el menor interés en mi futuro. Con suavidad, deposita una de las cigarreras inglesas, la más hermosa, entre mis manos, abrigándolas con las suyas.

Llévese este recuerdo, es para usted. Tiene algo adentro…

Otra vez se me esfuman todas las palabras. Le doy las gracias, en silencio, mientras guardo el tesoro en mi bolsillo.

Antes de partir, imprimo en mi memoria una última imagen de ese mágico lugar.

Regrese pronto, ésta es su casa. Ambos sabemos que ambos sabemos que es verdad.

Salimos a la calle. Comienza a oscurecer. No quiero seguir paseando, no quiero onces, no quiero más planos… Sólo deseo un espacio de soledad, un par de horas nada más, cerca del mar.

— Salvador, ¿qué le parece si continuamos mañana?
— Claro que sí. ¡No faltaba más! También quiero mostrarle el Puerto y el embarcadero… ¡Ah! ¡Y tenemos unas ricas onces pendientes, además!
— No lo he olvidado, amigo mío. ¡No me las perdería por nada del mundo!

Nos despedimos aquí y le doy las gracias, desde el fondo de mi corazón, por tanta maravilla.

Tres noches después, ya de regreso en casa, recibo el último envío de la mano invisible: la imagen grabada antes de partir10.

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Es sólo entonces que reúno el valor necesario para abrir la cigarrera que he tenido todo el tiempo en un bolsillo, al alcance constante de mis dedos.

cigarrera2aParece vacía, pero es sólo apariencia. Al instante siguiente mi espacio se colma de un conocido y delicioso aroma a vainilla, mezclada con tabaco del bueno, húmedo, y con madera recién encerada. Muy, muy a lo lejos, casi inaudible, se escucha la voz del más grande tenor de todos los tiempos.

Recuperemos septiembre: Carta a la tía Meche

Ranúnculos

Querida Meche:

Durante mi infancia entera, septiembre fue el más feliz de todos los meses. Era el mes de la primavera, al menos allá de donde venimos; en el patio de la casa todo florecía; damascos, duraznos, cerezos y ciruelos, de tal manera que hasta le provocaban ataques románticos a mi padre: se iba al patio, tijeras de podar en mano y cortaba ramas en flor para dárselas a mi mamá; la casa se perfumaba por semanas. En septiembre también florecían los ranúnculos del jardín que la Chichi mantenía siempre muy bien arregladito. En alguna oportunidad, mi mamá me dijo que florecían para celebrar mi cumpleaños y yo se lo creí. No tenía razón para no hacerlo.

En el colegio nos enseñaron que septiembre era el mes de la libertad, como se entendía entonces la libertad, la independencia. Y era, por tanto, el mes de las risas, las cuecas, tonadas y refalosas, de las empanadas y, sobre todo, era el mes del viaje aquel, anhelado e inevitable, cada seis años, a Doñihue, a votar; de donde venía la preciada provisión de chacolí para esas fiestas y del aguardiente que debía suplir todo el licor de palitos, de nuez y de guindas y todas las colas de mono correspondientes al siguiente período presidencial.

El más feliz de todos los septiembres fue, sin duda, el de 1970, cuando yo iba a cumplir la edad que ahora tiene mi hija –que bien podría ser mi nieta. Porque ya han pasado dos generaciones; ya sabes, el tiempo, el implacable…. La felicidad de ese septiembre no cabía en la casa ni en las calles, nunca, nunca lo voy a olvidar, nunca nadie debería. Tuvimos dos septiembres más de celebración doble de la alegría de la libertad como comenzamos a entenderla desde 1970; una libertad que no se oponía a la anterior, sino que la complementaba.

Tampoco olvidaré nunca el septiembre de 1972, cuando mi mamá, con una sonrisa radiante, me contó que estaba embarazada. Nadie esperaba algo así, por lo que tuvo que explicármelo: nuestro país era ahora diferente y valía la pena traer otro hijo al mundo en la sociedad nueva que estábamos construyendo entre todos. Nunca antes hubo tanta ilusión en su hermoso rostro y nunca más volvió a haberla, al menos entre mis recuerdos. Lucero, efectivamente, vino al mundo con su carita color damasco maduro, cinco meses después, en medio de una algarabía indescriptible. Posiblemente fue la guagua más querida y esperada de toda la historia de la humanidad.

Con guagua en la casa, los días y las semanas pasan a gran velocidad. Así, septiembre regresó volando esa vez. Pero el de 1973 no era el mismo septiembre que siempre recibíamos con los brazos abiertos. Venía envuelto en sombras y despedía un olor negro y pesado, como el humo y la muerte que traía en las alforjas.

Cuando mi padre regresó a la casa ese 11 de septiembre, lo abrazamos entre las lágrimas que produce el alivio que sucede a la angustia más atroz. En 18 días yo iba a cumplir 13 años. Mis “dotes intelectuales”, de las que mis padres siempre estuvieron muy orgullosos, aparentemente habían volado en pedazos ese día, junto con los bombardeos: lo que atiné a preguntarle –luego de asegurarnos de que estaba entero y a salvo, al menos por el momento– fue qué iba a pasar con mi cumpleaños. —Te fuiste por ojo este año —me respondió. Y compadeciéndose de la incomprensión absoluta que pudo percibir en mi expresión, me explicó que “irse por ojo” se refería al ojo de los huracanes…. la imagen no podía ser más elocuente. Y entonces agregó, en un torpe intento de consuelo: —No te sientas tan mal, podría ser peor… el cumpleaños de la Mechita es hoy.

La noticia me cayó como una roca en la cabeza. Y en un solo segundo supe que no podía haber desgracia mayor y que mi tía favorita, mi tía hippie que casi era mi prima, no merecía un castigo como ese.

Como nos separamos, igual que tantas familias, nunca te he preguntado qué tan mal la has pasado desde entonces. Supongo que lo has tomado con filosofía, considerando, quizá, que estás saldando alguna clase de Karma… no lo sé. Pero lo que sí sé es que ya está bueno. Que han pasado ya cuarenta y un años, por un lado y trece, por otro; ya está bueno de lutos.

En nuestro país, Meche, en septiembre se siguen conmemorando libertades y alegrías. La primavera sigue floreciendo en septiembre. Los duraznos, damascos, ciruelos, cerezos y los ranúnculos la han seguido anunciando año tras año, eso nunca cambió. Las lluvias de invierno se encargan de limpiar el aire, que es más transparente en septiembre, y la temperatura ya permite brazos y piernas al aire, sí, muy a pesar del cambio climático.

Depende de nosotros, entonces, enfocar nuestra atención o en la muerte, o en la vida. Es algo que podemos elegir en entera libertad. Depende de nosotros que en septiembre vuelva a florecer la alegría en la familia. Pienso que se lo debemos a nuestros hijos y a nuestros nietos y a sus hijos y sus nietos.

Por eso, a partir de hoy, tu cumpleaños se celebra en esta familia, como corresponde; sin importar nada de lo que haya pasado en los últimos cuarenta y un septiembres. A partir de hoy, septiembre vuelve a ser el mes más feliz del calendario. A partir de hoy, volveremos a celebrar la primavera. Y a partir de hoy, como es el uso y costumbre de mi religión, no conmemoramos la muerte, sino la vida, que es lo que se celebra en los cumpleaños y aniversarios.

Make it so.

Que tengas un MUY FELIZ cumpleaños, Meche, con una gran torta, montones de flores, chocolate si es posible, muchos regalos, abrazos, besos, mucho amor y mucha, mucha más vida aún.

Noche de perros (y de macos)

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Anoche, poco antes de las 9, andaba yo muy despistada mirando el twitter y pensando en otra cosa, cuando vi algo que me paró con un rechinar de talones y me hizo retroceder de inmediato. No podía ser: ¡alerta de tsunami para toda la costa de Chile! (que es prácticamente lo mismo que decir, bromas aparte, ‘para todo Chile’). ¡¡¡Horror!!!

El terremoto del Norte Grande lo habíamos estado esperando desde hace más de un mes. Se sabía que venía –aunque no cuándo, ni a qué hora– y a pesar de que sabíamos que iba a ser grande, no se podía predecir su magnitud. Ya no los hacen como antes: sorpresivos e impredecibles por completo, tanto así que los sismólogos me dieron la impresión de haber quedado ligeramente decepcionados… esperaban uno mucho mayor.

Fue un 8.2 Richter que derrumbó casas de adobe, la torre de una hermosa iglesia antigua, le llevó un pedazo al Morro de Arica -monumento natural característico de nuestra ciudad más septentrional- y mató a 6 personas. Azotó el área donde deberían descansar los huesos de todos nuestros antepasados, si no hubieran emigrado al Sur a principios del siglo XX; pero a mí, egoísta a morir, lo único que me preocupaba era la gran ola: ¡mi papá, en Valparaíso, a 150 metros del mar! La preocupación, a medida que los tuits volaban y las noticias radiales se iban desenrollando en Bíobío, se transformó en angustia y llegó justo al borde de la histeria. Aunque sé que él vive en un edificio alto, la falta de comunicación me hacía pasarme toda clase de películas mentales… A través de las redes, le dí sus teléfonos a cuanta prima y sobrina apareció conectada a esa hora para que lo llamaran, llamé a mis hermanas… nada. Por fin, como a la hora, Camila –en un esfuerzo tranquilizador titánico– me escribió que lo había localizado y que estaba bien. A pesar de eso, fueron dos horas de angustia, hasta que logré hablar con él, como a las 11.

Mi padre es un hombre tan flemático que puede llega a resultar desesperante; sangre de maco (sapo) les llaman en la isla a los de su especie. Así, con la paciencia que sólo un padre puede exhibir frente a una hija angustiada, me repitió pausadamente la versión oficial: una ola extraordinariamente grande, inusitada, que no era en modo alguno la que se esperaba, sólo podría llegar hasta el quinto piso y él estaba en el octavo; no había nada que temer.

— ¿Y entonces, tus vecinos que viven en los pisos bajos?
— Ellos ya subieron.
— Oye, pero una ola así de grande, de cinco pisos, debe tener una fuerza descomunal… ¡podría tumbar todo el edificio!
— No, la fundación aguanta perfectamente.
— ¿Estás seguro?
— Sí pues.
— ¿Viste los planos del edificio antes de comprar el apartamento?
— Claro.

La calma y la cordura comenzaban a retornar junto con la imagen de mi padre revisando cuidadosamente los detalles de la construcción –como siempre hacía– antes de comprar el apartamento; sentí que me envolvía en la misma confianza que experimentaba cuando, de niña, me abandonaba en sus manos sanadoras de toda clase de heridas y dolores infantiles.

— ¿Seguro que no tienes que irte, entonces?
— Seguro, no va a pasar nada.

Más tarde, viendo las noticias, comprendí que mi padre no estaba solo en su templanza. Vi un video casero tomado durante el terremoto, en la zona afectada, donde el único comentario que se escuchó en medio de un silencio total fue — ‘chita que está temblando fuerte’. Un comentario, no un grito, no un gemido, ni nada parecido. Como si alguien hubiera dicho ‘ah, mira, hoy está nublado’. El terremoto que sacudió la Isla hace 4 años y destruyó a Haití de modo tal que aún no se recupera, fue de ‘apenas’ 7.2 Richter. La arquitectura, la preparación y la actitud marcaron la diferencia. En el Norte, todos lo esperaban, tenían agua, linternas, frazadas…. sabían exactamente qué hacer y a dónde ir. Además, la sangre de maco verdaderamente es un plus en situaciones como esta.

Alguien como yo, requeriría de innumerables transfusiones. O, llegado el momento, quizá no; quien sabe…

Aromito

Desde que me picó el bicho Botanicum obsesivissima, hace como 4 años, no se me ha vuelto a quitar la fiebre. Ahora hasta estoy escribiendo un libro sobre árboles nativos ilustrado, naturalmente, con algunas de la miles de fotos que he ido acumulando, de las cuales unas 2,300 están en este sitio web. Por esa razón, a mi inefable hermana Lilo no se le ocurrió nada mejor (ni podía habérsele ocurrido tampoco) que llevarme al Río Jima para la celebración del cumpleaños número equis-equis.

Todo empezó con unos aprestos medio misteriosos, como corresponde en estos casos, entre ella y JM. Luego de haber sido informada vagamente de que necesitaríamos trajes de baño porque habría río; de haber logrado hacer funcionar la cámara fotográfica de la Lilo y de encomendar la mía a todos los santos habidos y por haber para que funcionara (encomienda totalmente vana); luego de madrugar ese domingo; de escuchar el “Celebro” telefónico interpretado a capella por mis adorables sobrinos; de preparar los bultos respectivos; de encomendar mi alma al universo infinito para que mi hijo no sufriera demasiado —dado que en un arranque de amor filial decidió acompañarnos, pese a que odia todo lo que sea AGUA—, y luego de la parada reglamentaria para comprar hielo, donde recibí una avalancha de regalos de los adorables sobrinos cantores (incluyendo un vestido verde para lucir en la puesta en circulación de mi libro –para la cual deberé rebajar unas 10 libras que no estaban planeadas), llegó la hora cero y partimos rumbo al verdor inigualable de la región del Cibao.

En el camino, Bibi tuvo la feliz idea de pararnos para ver los “santos de palo” —que, aclaro, no fueron a los que encomendé mi fallida cámara— sino unas esculturas en madera, artesanales y hermosas. Con gran sorpresa y alegría encontré entre ellos nada menos que a mi jefe: Miguel, en cuyo día tuve el privilegio de nacer. En los campos se dice que el Día de San Miguel el diablo anda suelto y supongo que será cierto… ese día, el Arcángel mayor se va de farra, a bailar, a comer y a beber desaforadamente en cuanta fiesta patronal se celebra en su honor en los pueblos de la Tierra y, claro, Lucifer se aprovecha del pánico y se va por su cuenta a hacer de las suyas. A veces pienso que yo fui una de sus diabluras; pero prefiero creer que no, ya que cada vez que puedo, ayudo con gusto a Miguel en lo que necesite.

La siguiente parada fue en Jacaranda, donde recogimos a Cami, mi sobrina mayor, quien había viajado hasta allí desde Montecristi, en la frontera, para estar con su tía en esa ocasión especial. Verla allí con su bulto de viaje me hizo recordar las veces que a su edad yo hice locuras parecidas, por puro amor.

El sitio era como de otro mundo. Un área protegida, cubierta de cacaos sombreados por jabillas y yagrumos. El sendero subía, bajaba y serpenteaba con el tintinear del río como música de fondo. Por supuesto, parándome a sacar fotos a cada minuto, fui la última en llegar. Cuál no sería mi asombro cuando vi que TODOS los niños estaban metidos en el agua, riéndose y disfrutando como sólo los niños pueden reír y disfrutar. Mentalmente me restregué los ojos para asegurarme y sí, entre ellos estaba Shen, en pleno río y con una sonrisa de oreja a oreja. Si alguien me lo preguntara, le diría que contemplar a mi hijo absolutamente feliz con algo que no se enchufa y rodeado de agua y de verde, fue el mejor regalo de cumpleaños que podía recibir.

Es difícil describir el lugar, porque aunque todos los ríos se parecen en cierta forma –tienen algo como de mágico, de secreto y maravilloso– éste tenía una dosis de magia un poquito mayor (y a la magia no se le busca la razón, así que la desconozco). Además, cuando es verdadera, la magia es un poco complicada: no se puede contar ni describir, sólo crear y experimentar. Por eso es que una de las mejores partes del cumpleaños se quedará entre el río, los árboles y yo.

El Jima era particularmente frío, lo cual no hacía sino añadir perfección a lo que ya era perfecto de por sí, por ilógico que suene. Luego de una caminata de una hora, cerca del mediodía, a unos 32 o 33 grados, un río frío es el antídoto perfecto para todos los males, incluyendo la omnipresente biodiversidad entomológica: mosquitos, mayes (que te anestesian primero, así que la picadura no se siente pero dejan ronchas rojas y redondas de recuerdo), jejenes (cuyas picadas duran varios días picando y doliendo) y hasta mimes mutantes y antropófagos, creo yo.

Luego, vino el picnic de honor con varios tipos de pan y varios de queso y un kuchen (la Lilo insiste en llamarlo “quiche”) de hongos y espinacas, preparado por ella misma; la caminata hasta el segundo salto de agua; regreso a la entrada del área protegida y ¡oh sorpresa!: japiberdei y una preciosa torta de manzana decorada con zinnias y clavelinas. Y justo cuando estaba sacándole el jugo a los últimos minutitos de luz, tratando de fotografiar una Algarroba, especie nueva para mí, una llamada de la Uchi desde NY. ¡Surrealista! Después supe que también la Rayén y el papá habían estado llamando, pero mi celular se dedicó a dormir plácidamente en el fondo de la mochila durante todo el viaje y como no ronca, nunca llegué a escucharlo.

Fue un día maravilloso, de principio a fin.

Y aunque sé que muchas mentes y manos amorosas intervinieron para que así fuera, no me cabe la menor duda de que detrás de cada detalle, cada sorpresa y cada campanita que sonaba y polvo de hada que se esparcía sobre mí, estaban las manos y el corazón de mi hermana querida que, por esas cosas de la vida, tiene nombre de árbol: Azara petiolaris, endémico de Chile.

Té de salsa de albóndiga

té

A petición popular, les dejo la receta del famosísimo y milagroso té de salsa de albóndiga, como fuera bautizado por Jade, originalmente “el Té de Chinola de los Arbaje de la-Mata”. La foto de arriba es de adorno nomás, no lleva las florecitas de tilo que aparecen en ella. Enjoy!

Ingredientes:

1 lt. de agua
Un pedazo de jengibre de 1 a 2 pulgadas de largo
1 chinola
1 cebolla del mismo tamaño que la chinola
1 limón
Miel al gusto del enfermo (debe saber dulce, pero no intomablemente dulce)

Se hierve el agua y se le echa el jengibre picado, sin pelar. Se deja hervir a fuego lento, tapado, por 10 minutos. Se agregan la chinola entera partida en 4 u 8 y la cebolla pelada, partida en 4 o rodajada gruesa, ambas dependiendo del tamaño. Se deja que hierva tapado, a fuego lento, hasta que la cebolla esté bien transparente, unos 15 minutos. Se apaga el fuego, se cuela y se le exprime un limón. Si al enfermo le gusta, el limón es mejor sin colar, aunque sin semillas, naturalmente. Se le agrega la miel y se revuelve bien. Se sirve de inmediato.

Se toman unas 3 tazas al día.

Sirve como expectorante full y para destapar las vías respiratorias de niños, adultos y contratenores. Como complemento, prender 3-4 veces al día un quemador de aceite con 6 gotas de aceite de eucalipto, 3 gotas de aceite de peppermint y 3 gotas de aceite de cedro.

¡Salud!

14 de marzo

Sin dudas, esté donde esté, se las estará ingeniando para seguir haciendo lo que la apasionaba, en temas de tecnología seguramente ya habrá inventado la forma de recibir mensajes electrónicos, con algún tipo de blue tube que habrá inventado.

Recordémosla a traves de una de sus piezas favoritas disfrutemos con ella!

Besos y abrazos a todos los que tuvimos el honor de compartir algun pedacito de tiempo con ella.

¡Felicidades Mamá!

Chile lindo recordado por José del Castillo

Empanadas

Esta mañana JM me pasó una página del Diario Libre pidiéndome que leyera un artículo de José del Castillo. Me hizo dos o tres comentarios muy halagüeños, tras los que me pareció ver “una orejita” de cierta nostalgia mal disimulada por nuestra copia feliz del Edén. Después de todo, acaba de pasar un año del histórico viaje que hiciéramos a la Madre Patria…

Así que agarré la hoja del periódico y me dispuse a leer, pero no pude evitarlo…. es una deformación profesional: a las dos líneas, la doblé cuidadosamente, la puse donde JM la había dejado y busqué el artículo en Internet. Ahí fue que lo leí y lo disfruté hasta la última coma.

Dudé entre si mandarlo simplemente por correo o escribir una entrada. Pero el artículo se merece una entrada y más. Ésa es la verdad. Según la Wikipedia,

José Del Castillo Pichardo (Santo Domingo, 1947) es un sociólogo, escritor e historiador de la República Dominicana. Ha escrito más de 14 libros, ha sido columnista en varios diarios, seminarista y miembro observador de diversas elecciones que se han realizado en la República Dominicana.”

La segunda duda vino entre re-publicarlo aquí o poner simplemente un enlace. Me decidí por lo primero, aunque no se debe. Pero es que…. Bueno, ¡léanlo y después me dicen si ustedes no habrían hecho lo mismo! Espero que a José, a quien no tengo el placer de conocer personalmente, no le moleste demasiado esta frescura de mi parte en el muy improbable caso en que viniera a dar por aquí alguna vez.

Remembranzas gastronómicas

Por José Del Castillo

País de poetas golosos. Sólo hay que ver el desbordamiento lírico en odas dionisíacas del vate Neruda -encebollado, fascinado por el ajo, el tomate y el pan, delirante ante el caldillo de congrio, chupando tinto con delectación etílica y por qué no, poética, en interminables jornadas entre amigos. El quehacer de su contrario eterno, el inmenso rudo Pablo, el de Rokha pétreo y macilento, en su recorrido memorial por las comidas y bebidas de la loca geografía de ese largo filete de congrio acordonado entre el macizo cordillerano de Los Andes y la inmensidad oceánica del Pacífico. Fuente nutricia maravillosa de pescados y mariscos. Propiciador de caletas discretas donde descansan los locos, asientan las machas y el erizo, aposenta su regazo plácido el amor. Del faenar de los labriegos del mar que llegan a puerto con su cosecha temeraria. Los que al igual que los marineros, “una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar”.

Ese Chile conocí, desde un domingo nublado, al despuntar el mes de marzo del 1966, cuando el reloj de las estaciones todavía marca el verano en el Cono Sur, donde el cielo, por si alguien no lo sabe -como dice el tango “Vuelvo al Sur” de Pino Solanas y Astor Piazzolla, en voz del “Polaco” Goyeneche- está al revés. Un Santiago gris me recibió en el aeródromo de Cerrillos, al pie de la escalerilla mi compañero barrial Fillo Nadal, el venezolano Pedro Coa y la hermosa Lucky, una rubia fabulosa asimilada de la FACH, quien viabilizó pase VIP a un simple estudiante universitario expulsado por la vorágine de su media ínsula intervenida. En raudo movimiento, enrumbamos desde la periferia hacia el centro de la urbe, acunada en un valle con perenne telón de fondo cordillerano. En Plaza Bulnes, frente a La Moneda, me esperaba el corazón hospitalario del chileno y de sus mujeres, por supuesto.

No sólo se expresó ese día en el descorche de generoso tinto en botellas, garrafas y garrafones -que competía con los litros de ron Brugal Añejo y el etiqueta roja de Johnny Walker que había llevado-, sino también en suculentas empanadas horneadas preñadas de pino -carne en cuadritos guisada, abundante cebolla, ajo, aceitunas negras, ajíes, pasas, comino, orégano, pimienta, huevo duro- servidas como pasa palos. Un jugoso estofado de gallina con vegetales y especias al vino blanco hecho por la Lucky, acompañado de arroz graneado preparado por Pedro Coa, y ensalada de tomates, cebollas y porotitos verdes bien aliñada, aporte de la Lilly, coronó el convite. Y claro, todo salpicado con mucho cariño querendón: “Y verás cómo quieren en Chile/ al amigo cuando es forastero”. Reza justiciera la tonada “Si vas para Chile”, que conocí en las voces acopladas de los Huasos Quincheros.

Mi bautismo dominical presagió las gratificaciones inmerecidas que seguirían durante cinco años. Yo era sólo un joven agentado, ávido de mundos en esa tierra de poetas, políticos civilizados y hembras acogedoras. Mineral, frutal, vitivinícola, marinera. Poblada por etnias originarias, criollos e inmigrantes europeos de múltiples culturas. “¿Y por qué escogió Chile?” -me preguntaban intrigados. “Si estamos en la cola del planeta, con la cordillera de un lado y el Pacífico del otro. ¿Por qué no prefirió Estados Unidos o mejor Europa?” Y yo sonreía, dejando la respuesta en puntos suspensivos. Que se traducían en invitaciones a comer en el hogar de los Urrutia, Villegas, Donoso, Coloane, Lavín, Mendoza, Muñoz, Schermann, Bloom, que me adentraron en la culinaria familiar chilena. Destacando la Lilly, una nodriza que armaba asados, ponches de frutilla y duraznos, incursiones tempraneras para comer almejas frescas en el Mercado del Mapocho. Que hacía pucheros, ricas guatitas a la jardinera, sopaipillas -torticas fritas de harina y ahuyama- en días invernales de lluvia, pasteles de choclo. Y nos tejía, amorosa, regios pullovers de lana.

Una ubicación residencial céntrica, la ausencia de ataduras familiares y el siempre favorable tipo de cambio, permitieron que aventurara a mis anchas por las “picadas” más sabrosas de la gastronomía santiaguina. Frente a mi edificio en Plaza Bulnes, un boliche con pollo rostizado y papas francesas. En Alameda ofertas de todo tipo. Desde el célebre Il Bosco, rincón de la bohemia, abierto las 24 horas, con su gama de sándwiches como el Barros Luco, platos combinados de mar y tierra. Pasando por el exclusivo Club Unión, restaurantes varios que sacaban en pizarras sobre la calzada los platos del día: sopa de menestras, corvina horneada, churrasco a la parrilla, riñones al jerez, ensalada de porotos verdes, postre y café. A pasos de la Biblioteca Nacional, la Pizzería Da Dino esperaba con la mejor opción de pizza de pastoso queso, tomate, aceituna negra, pimienta y albahaca. Al lado del Cinerama, frente al Cerro Santa Lucía, una exquisita pastelería alemana con la tarta mil hojas rellena de manjar.

Antes de llegar a Vicuña MacKenna, la Fuente de Soda Alemana. Un palacio popular con sándwiches de lomito de cerdo completos (con todas las salsas e ingredientes adicionales), salchichas de todos los calibres para degustar con cerveza de barrica. En el comedor más formal en la segunda planta, se podía compartir unos lomos de cerdo asados, con ensalada rusa, chucrut y pan integral, mayonesa y mostaza caseros, como lo hacía un grupo de estudiantes caribeños que sesionaba los viernes en casa de Cholo Brenes. A pocas cuadras de allí, en Merced, al lado del Teatro de la Comedia en las inmediaciones del Parque Forestal, abría sus puertas risueñas el Bierstube, una barra alemana más exclusiva y festiva, a la que solía acudir con la Ivette a tomar shots cerveceros y comer frikadellen (albondigón esponjoso con mucho perejil y mejorana frescos, cebolla y pimienta) con ensaladilla rusa y pan centeno.

Entrando por Ahumada -hoy convertida en paseo peatonal- el Café Naturista presentaba dos mesones enfrentados en los laterales, en los cuales se podía beber sanamente: zumos de naranja, zanahoria, manzana, uva, durazno, damasco, fresa, cereza, ciruela, mora, frambuesa, sandía, guineo. Apurar canapés de quesillo, huevo, paté. Pasar al salón de té y aprovechar estas frutas en macedonia con bolas de helados. Frente, el Café Haití, con unos expresos y frappés fabulosos, servidos por las más bellas piernas chilenas en coquetas mini con delantal. Al doblar, Domino’s despachaba unas vienesas completas tan deliciosas como para chuparse los dedos. El Rápido, en Bandera, con sus empanadas fritas de queso y pino, garzas de cerveza y vasos de blanco y tinto. Con un pebre para mojar la pasta.

Más al fondo, la rotisería El Chez Henry, en el Portal Fernández Concha frente a Plaza de Armas, tenía unas empanadas doradas de primera, platos de mariscos y carnes, así como otras exquisiteces. En una fiambrería en el mismo Portal se conseguía un queso mantecoso divino, pan chocoso de cáscara crocante, jamón planchado, mortadela, chorizos y otras fiambres. Uno de mis destinos favoritos para tomar la once -con varios locales en el centro- era el Café Paula. Sándwiches fríos de jamón y queso, huevos revueltos esponjosos, paté, ensaladilla de pollo. Batidas y helados de frutilla y chirimoya. Macedonias excelentes. Buen chocolate caliente. Mi preferido, en el entorno del Teatro Municipal.

Para cosas más serias, en McIver se hallaba el Club Peruano -uno de dos que operaban entonces en Santiago- donde acudía semanalmente a disfrutar de una de las culinarias más interesantes que conocí hace casi medio siglo y que hoy ha conquistado el paladar de los chilenos. Ceviche de corvina, seco de pollo, papas y huevos a la huancaína, caucau (de mondongo), chupe de mariscos, anticucho (trozos de corazón de res marinados bien picantes, ensartados en pinchos de fierro con lonjas de cebolla y ajíes, hechos al carbón). Cerca, en Huérfanos, El Pollo al Cognac, un lugar sin pretensiones cocinaba a fuego lento una suculenta ave, presentada con el caldo borracho aparte, y pan amasao recién salido del horno. En El Candil, Merced próximo al Cerro Santa Lucía, su chef italiano horneaba unos cabritos tiernos de película. Que con un buen tinto macho, asimilábamos Fillo Nadal, Arístides Victoria, Jesús Herasme, Freddy Santana y yo, acompañado de ensalada de tomate, cebolla y papas fritas.

Otras picadas saciaban nuestra curiosidad. El Tronco, en las inmediaciones de La Moneda, nos acostumbró al filete tártaro con cebolla picada en cuadritos, limón, aceite de oliva y pimienta negra. El popular Chancho con Chaleco, nos introdujo a las delicias del pernil bien adobado, picante hasta donde ya se sabe, neutralizado con papas salcochadas. El Club Árabe de Bellavista, tras cruzar el río Mapocho y pasar la Escuela de Derecho de la U. de Chile, en pleno territorio nerudiano por la cercanía de La Chascona, nos recibía los viernes sociales en tenida de quipes, humus, tajine, hojas de parra y repollos rellenos, tipile, y sheek kebab. Y una amplia gama de pasteles dulces.

En romerías universitarias, el Club Democrático de Irarrázaval nos fecundaba con proletarios porotos guisados con tallarines, pan y vino litreao de la casa. Las Lanzas, en el reino revoltoso del Instituto Pedagógico en Macul, brindaba los platos que profesores y estudiantes podían engullir, complementando así a la Cafetería Universitaria. El Chalet Suizo era la picada perfecta para beber garzas cerveceras, saborear nutritivas empanadas fritas y enamorar algún proyecto de ternura en el ocaso de la jornada en Macul. Cuando se amaba con los Beatles y Michelle, Leo Favio y “Fuiste mía un verano”, Serrat y su “Penélope”. Y Víctor Jara nos decía, muy quedo: “Te recuerdo Amanda/la calle mojada/corriendo a la fábrica/donde trabajaba Manuel./La sonrisa ancha/la lluvia en el pelo/no importaba nada/ibas a encontrarte con él”.

Entonces soñábamos con un mundo mejor, entre los pliegues del amor juvenil, con repique de bombos, guitarreo, lagrimear de charango y quena. A veces en la Peña de los Parra. En el Cajón del Maipo. En Lo Barnechea. O en Reñaca, frente al mar.